Cartier-Bresson en estado puro

RETROSPECTIVA PARISINA EN EL GEORGES POMPIDOU

Henri-Cartier-Bresson

Ni excluyentes ni exclusivas. Las diferentes etapas de la obra de Henri Cartier-Bresson se entremezclan y nutren las unas de las otras, se empapan de la realidad del momento, palpitan con el cambio social. La última retrospectiva sobre el fotógrafo
que acoge el parisino museo Georges Pompidou es una colección de más de 500 fotos y probablemente una de las más completas que se han realizado hasta ahora sobre la figura de este fotógrafo de dilatada carrera. La colección se puede disfrutar hasta el próximo 9 de junio.

Henri Cartier-Bresson no es sólo uno. En él conviven en armonía diferentes entidades estilísticas. Con su Leica en mano crea el concepto del “exposantefixé”, el instante decisivo, reducida noción de su obra. También deja jugar su papel al azar del instante y se vuelca en el espíritu subversivo surrealista, la deambulación urbana… Un joven Cartier-Bresson se iniciaba en el mundo de la fotografía durante los años 20. De lo que no era probablemente consciente es que su cámara lo acompañaría hasta el final del siglo XX. Estuvo en todos los rincones del mundo, llegó hasta los más recónditos; y fue testigo privilegiado de la historia. De 1926 a 1935 frecuenta a los escritores surrealistas como André Breton. Es cuando debuta profesionalmente en la fotografía y realiza sus primeros grandes viajes. Aunque fue en la academia de André Lhote donde adquiere las nociones básicas de geometría y composición, que primero aplicará en cuadros y pinturas y luego experimenta con su cámara de fotos. Así, empieza a reparar en el fondo plano que utiliza como textura geométrica.

En África se sumerge en la “nouvelle visión” europea que apela al constructivismo ruso, con grandes planos encuadrados y centrando la atención en el dinamismo. Es en esta época también, y gracias a sus amigos americanos, cuando descubre al gran maestro Atget. De él imita su fascinación por el carácter enigmático y decadente de los clichés, plasmándolo en fotos de escaparates y maniquíes. Otra de las improntas más importantes que el surrealismo deja en las fotos de Henri Cartier-Bresson son las series dedicadas a los “soñadores con los ojos cerrados”. Es el surrealismo onírico que también aprovecha como denuncia social ante las penosas condiciones en las que se abandonan en las calles, adormilados, los sin techo de ciudades de todo el mundo como Nueva York, México D.F o París.

cartier bresson

Tras este periodo de descubrimientos, llegaría su compromiso político. En 1936 empieza a trabajar para la prensa comunista y también es en esta nueva faceta cuando descubre el cine: con Victoria de la Vida (1937), documental sobre los hospitales de la España republicana, plasma su fuerte compromiso con el movimiento republicano español y su causa. Como reportero trata temas de gran calado en la ideología comunista, como los primeros permisos pagados en Francia en 1936 gracias a Leon Blum: alegres parisinos al borde del Sena descubren el tiempo libre. No faltó tampoco a las citas ineludibles: en la coronación del rey Jorge VI en Londres vuelve la espalda al rey para mirar y retratar al pueblo que observa el paso del cortejo real mediante espejos y otros artilugios ópticos caseros. Es la puesta en escena de la teoría de Foucault de la relación del cuerpo con el poder. Documentará entre 1944 y 1945 la liberación de Paris o el retorno de los prisioneros de Alemania. A partir de 1947, con la creación de la agencia Magnum Photos, Cartier-Bresson se mete de lleno en el foto-reportaje.

Era la época de las revistas y magacines que publicaban imágenes espectaculares del mundo: la multitud india agolpada en los funerales de Ghandi, la avalancha humana hacia el oro chino… imágenes más cotidianas como la vuelta a la normalidad en Rusia tras la muerte de Stalin, Cuba en 1963, o el París tras el mayo del 68. Descontento con la trayectoria que estaba tomando la agencia que fundó junto a su amigo Robert Kappa, decide retirarse de la fotografía a nivel profesional.

Conflictos bélicos, revueltas populares, ternura entre amantes, personajes fugaces… Su objetivo preciso lo convirtió en una clase de antropólogo espontáneo, actor activo de su tiempo; mucho más que un fotógrafo, espíritu de un siglo convulso y lleno de cambios.

Por Marta Pérez. Cartelera Turia 11-17 de abril 2014

La casa de los libros españoles en París

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En 2012 la Biblioteca Octavio Paz del Instituto Cervantes de París cumplía 60 años. Hoy, como si la biblioteca quisiera cobrar vida, sus desgastados suelos de parqué crujen a cada paso que doy entre sus salas, viejos pasillos y elegantes escaleras. Las paredes de madera blanca crepitan, y las anticuadas estufas de metal chirrian. El último piso alberga una cocina en desuso, cuyo paso a través de unas estrechas escaleras de caracol, lleva largo tiempo bloqueado.

Sin embargo, no es decadencia lo que transmite su aspecto, sino calidez y cobijo. Esa sensación de acogida, casi maternal, se debe sin duda a su directora, Consuelo Álvarez Solís, que ostenta el cargo desde hace año y medio. Pausada y sonriente, me da la bienvenida de manera amigable a la Biblioteca Octavio Paz.

La biblioteca guarda alrededor de 60.000 documentos de los que disfrutan 3.400 asociados

Esta asturiana de Mieres confiesa entre bromas que una vez hecha al horario francés, cuesta pasarse al de casa, y entre risas se sonroja al recordar una ocasión en la que volvió a su tierra a pasar unos días y acabó proponiendo las ocho como hora de la cena para su propio asombro. “En España, incluso a las ocho de la tarde, la gente está en la calle, sale a tomar algo; mientras que aquí está todo el mundo ya prácticamente recogido”.

Tras cinco años en Italia, ahora le toca hacerse cargo del material literario del Instituto Cervantes en París. Y es que va con el cargo; cada tres o cinco años hay que cambiar de ciudad y aprovechar para descubrir otras culturas. Consuelo es una de esas bibliotecarias de vocación. “Aprobé mi oposición ya hace más de 30 años”, explica. Ahora, además de sus labores diarias, también es la responsable de prácticas de Iria, que disfruta de una beca como bibliotecaria gracias al Comité de las Regiones. “Es una estupenda oportunidad para que vea desde dentro cómo trabajamos en la Biblioteca, también para que vea cómo es el día a día laboral, la rutina y la realidad, que a veces es triste”, relata.

Producción editorial española

Iria Aparicio es una joven murciana de 24 años. Lleva entre las salas y los libros de la Octavio Paz tres meses, a falta de completar otros tres. Con su ayuda voy descubriendo la historia de la institución y sus salas. El proyecto de la Biblioteca Española de París tomaba forma en 1952 en este edificio noble y elitista de la Avenue Marceau. El primer acto mayor, de los muchos que posteriormente acogería, fue la exposición del libro español contemporáneo, organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de la época. Y lo hacía en presencia de figuras de relumbrón del mundo de las letras, como el poeta Paul Claudel, y de la alta sociedad, como el futuro Papa Juan XXIII. La selección de 3.600 documentos pretendía anonadar a los franceses mostrando el panorama de la producción editorial española.

A través de las décadas, la biblioteca continuó un proceso de incesante expansión: la colección se ampliaba, acogía conferencias, congresos, etc. El siguiente gran hito llegaría en 1992, momento en el que la biblioteca se integraba en la red del recién creado Instituto Cervantes. En 2005 cambiaba de nombre y se convertía en Biblioteca Octavio Paz, en reconocimiento y homenaje al escritor mexicano, premio Cervantes y Nobel, muy vinculado a París. Se da la feliz coincidencia de la celebración del centenario del nacimiento del poeta justo esta semana, el pasado lunes en concreto.

“Los discos de flamenco son los que más se llevan los franceses”, señala Iria

La colección se ha ido completando a través de adquisiciones y donaciones. Sobre todas donaciones. Para lamento de su directora los recursos de los que disponen son limitados. Las adquisiciones, por su parte, se hacen de rogar, lo que lleva a Consuelo a recordar tiempos mejores de la institución. Afortunadamente, “el entusiasmo no nos falta, siempre estamos proponiendo cosas”, confiesa. Además, a esta ciudad no le faltan amantes y apasionados de la literatura y la cultura. Los franceses ven casi como una obligación contribuir con sus propias colecciones privadas para ampliar la del Cervantes. Ramón Chao, Jorge Semprún o Ignacio Ramonet son algunos de los donantes destacados. “Ramón Chao además es un asiduo a la biblioteca y le vemos mucho por aquí”, precisa Iria. Embajadas como la de Ecuador también aportan su granito de arena. “Ahora mismo acabamos de recibir 12 cajas que tendremos que clasificar y seleccionar con libros de la embajada de Colombia”.

Libros en todas las lenguas del Estado español de todo tipo de temáticas, también algo en francés. Cómics, cuentos, revistas, prensa e incluso series, películas y música. En total, la biblioteca guarda alrededor de 60.000 documentos de los que disfrutan 3.400 asociados entre profesores, alumnos del Cervantes y gente de la embajada. “Los discos de flamenco son los que más se llevan los franceses, y de los DVD muchos señores mayores me piden ‘El Internado’, aunque he descubierto que es porque los actores hablan despacio y claro y viene con subtítulos en español”, reconoce Iria divertida.

La biblioteca por dentro. Foto: Biblioteca Octavio Paz.

Es ya la última hora de la tarde y la Octavio Paz está a punto de cerrar sus puertas. En la sala de lectura principal, presidida por un cuadro de Ignacio Zuloaga, apenas quedan un par de personas que continúan leyendo concentradas sus libros. En los estantes superiores hay libros antiguos polvorientos; enciclopedias de esas de cubierta espesa en piel que ya casi nadie lee. Junto con estas reliquias conviven otros productos de la modernidad: ordenadores, lectores de códigos de barras o un catálogo de libros electrónicos de los que la Biblioteca del Cervantes también dispone.

Presentación de Luis Antonio de Villena

Antes de despedirme de la Biblioteca del Instituto Cervantes, me aguarda una última sorpresa entre las lámparas de araña y los espejos de su sala de baile. El poeta Luis Antonio de Villena presenta la traducción al francés de su obra ‘Proyecto para excavar una villa romana en el páramo’ (2012). Lleno hasta la bandera, los asistentes escuchan atentos las reflexiones del propio autor sobre su obra y de otros tiempos de joven vividos por él en París. Lo hace en un perfecto francés, casi recitado, con apenas un leve acento español delator. Para poner el broche a su intervención, De Villena decide arrancarse a recitar uno de sus poemas de corte más impúdico. Sus versos, dardos certeros de retrato social, resuenan entre la audiencia, haciendo de un tema tan poco literario como la masturbación online parezca sonetos de Garcilaso.

Entre el grupo de españoles asiduos, otro de los novísimos, el escritor y catedrático de filología clásica de la Universidad de Valencia Jaime Siles; el corresponsal en París de RNE, Luis Miguel Úbeda, o el escritor Use Lahoz. Es sin duda esta pequeña comunidad de expatriados la que llena de vida y espíritu el Cervantes.

Finaliza el acto y tras los últimos debates en petit comité, los rezagados abandonan el edificio. El poeta se cala su sombrero de fieltro, un largo y tupido abrigo jaspeado, una colorida bufanda, y sale de la Biblioteca Octavio Paz. Tras él Consuelo cierra sus puertas.

MARTA PÉREZ ORTIZ  | 04/04/2014 Nonada

Cuando París apaga sus luces

Cuando París apaga sus luces

No pudo desprenderse del leve brillo de las farolas, de la niebla en los callejones ni de aquel beso a hurtadillas. Así que decidió congelar aquellos instantes para siempre. Brassaï siempre regresa porque París nunca acaba. Esta vez él, a través de sus fotografías, se hospedará en el Hôtel de Ville hasta el 29 de marzo. 

Noctámbulo bohemio deambula por sus calles prendado de ellas. Foto: Brassaï.

 

Vivía la noche, la ‘folie’ de París. Brassaï (1899 – 1984) era sin duda un tipo peculiar, igual se codeaba con la burguesía que con personalidades de la talla de los Kennedy, o se sumergía de pronto en el submundo del Folies Bergère. Tras sus bambalinas captó instantes de realidad, la vida misma entre bastidores. Se convirtió en un espectador privilegiado en el ‘atelier’ de Picasso, donde pudo observar escenas cotidianas del pintor paseando en pantuflas, y también en retratista de un orgulloso y joven Dalí que no ocultaba su pasión por Gala.

Con el tiempo, Brassaï llega a ser un asiduo de la noche de París, y gracias a la máquina de fotos aprende a inmortalizar la belleza nocturna de la ciudad. Noctámbulo y bohemio deambula por sus calles prendado de ellas. Es el París eterno, el París del trotacalles, el París de los felices años 20.

Con la simple incandescencia del cigarrillo que se consume entre los labios de un ‘garçon’ cualquiera, o a través del haz de luz que proyectan los faros de un viejo Citröen, este fotógrafo recoge las siluetas que se dibujan del sujeto. Su técnica, cuidada y milimétrica, nos permite ver entre los rincones brumosos que transforman el rigor clásico de la arquitectura parisina. Oculto tras el espesor de la niebla, Brassaï espera que se enciendan las farolas de gas para transformarse en testigo indiscreto de peleas callejeras, ajustes de cuentas y encuentros secretos entre amantes que se besan apasionadamente. Son los fantasmas que surgen de la noche.

Es el París eterno, el París del trotacalles, el París de los felices años 20

Su obra es intensa y luminosa; París vive en el centro de su reflexión. Intelectuales, artistas, grandes familias, prostitutas o pillos de barrio son los personajes elegidos por Brassaï para conducirnos hasta los bajos fondos parisinos o al mundo elitista y refinado que se da cita en Maxim’s.

Su obra es intensa y luminosa; París vive en el centro de su reflexión. Foto: Brassaï.

Hasta el próximo 29 de marzo el Hotel de Ville de París acoge una amplia muestra fotográfica de un autor que, bajo el pseudónimo de Brassaï, escondía su verdadera identidad, la del ciudadano húngaro Gyula Halász.

‘Brassaï, por el amor de París’ narra la excepcional historia de amor entre este fotógrafo, escritor y cineasta, París y aquellos que forman parte de la leyenda de la ciudad. La muestra se cierra con instantáneas que reflejan la otra fascinación del artista, la que sentía por el circo y las ferias, y su colección personal de fotos de escenas cotidianas parisinas de principios de siglo.

Es un imprescindible muy recomendable para quienes estos días estén en la capital francesa, entre otras razones por una especialmente rara en esta ciudad, la entrada es gratuita. Sin embargo, como toda propuesta a coste cero, la afluencia de público es considerable. Así que a armarse de paciencia porque la recompensa bien merece la espera.

MARTA PÉREZ ORTIZ  | 03/03/2014 Nonada