¿¡ Y por qué no volver!?

 

IMG_3723Mucho tendrían que cambiar las cosas, muy mal tendrían que darse, para que París dejara de ser París. Los turistas siguen viéndola como la ciudad que siempre ha sido: centro de cultura, atractivos históricos, literarios, musicales… la ciudad del amor, de las luces (la Torre iluminada), de los bateaux mouche. Los propios parisinos siguen disfrutando de los pequeños placeres que esconde la ciudad en verano -concentrado en agosto, en una ciudad casi desierta, y donde todos los esfuerzos de la mairie por simular que la estación estival existe verdaderamente en la capital parisina parecen pocos-.

El día a día sigue en París. Con algunas diferencias -cierto- engorrosas -sin duda- pero que no dejan de confirmar a esta gran capital europea como uno de los principales reclamos y atractivos turísticos durante los doce meses del año.

Montmartre y Pigalle son un clásico. Callejear por los aledaños de la colina del tertre y su “plaza de los pintores” es un alternativa a la concentración agobiante de personal entre Sacré Coeur y los escalones que llevan hasta el mirador. La antigua aldea de viticultores tiene un oscuro pasado como “monte del martirio”. Aquí perdió Saint Denis su cabeza (literalmente), por lo que no es extraño que no guardara buen recuerdo de este barrio de vida alegre y decidiera hacer llevar sus exequias a otras lindes de la ciudad, hasta la nueva urbe de la periferia que llevaría su mismo nombre.

A los pies de la butte, metro Abbesses (remarcable ejemplo del art nouveau obra de Hector Guimard), el muro de los je t’aime (siempre rodeado de cámaras y miradas indiscretas) o la iglesia de Saint Jean de Montmartre, peculiar combinación de la arquitectura de la Revolución Industrial y el art déco cuya nave de pared de ladrillo rojo se confunde con la de una fábrica, pasando a menudo desapercibida.FullSizeRender

París es también, cómo no, sus distritos más nobles: barrios donde el lujo, las marcas, la moda y las gruesas billeteras se dan la mano. En el VII, la Torre Eiffel. Pocas presentaciones necesita el monumento de acero creado para la Exposición Universal de 1889. La explanada que rodea los Campos de Marte es en la actualidad “zona militarizada”, de seguridad extrema. A los turistas y enamorados que eligen los jardines para sellar con un picnic bajo la torre su amor parece no importarles demasiado. A pesar de controles, barreras y chequeos que complican y retrasan el ascenso, las largas colas (cada vez más largas) no cesan. El premio está en la primera planta: un recientemente inaugurado suelo-mirador de cristal (nada espectacular por otra parte) y un simulacro de remanso de paz  entre el gentío en forma de jardín que en los días grises y ventosos (la mayoría) pierde todo su atractivo.

En el VIII los Campos Elíseos; parada final Arco del Triunfo. Si uno alza un poco la vista más arriba, hacia la larga avenida que se extiende hacia el horizonte, cabezas y más cabezas en una marea de gente que carga bolsas de las tiendas más chic y de las no tan chic. Tanto en las más exclusivas (Louis Vuitton) como en las más “mundanas” (H&M) el registro de bolsos es preceptivo. Al final se convierte en gesto automático, para algunos medida de confianza en medio de esta alerta máxima por atentados.

IMG_3740Tampoco podemos olvidar su faceta como “ciudad de las letras”, reconocida y representada en el Barrio Latino. En París encuentras libros de casi de todo: viajes, manga, diseño, costura… no solo en Saint Michel; Saint Germain des Près, Odéon o Saint Sulpice se suceden en el paseo por avenidas y bulevares. Inevitable pues seguir buceando entre discos, vinilos o libros manidos. El camino despreocupado es el que lleva a los descubrimientos: pequeñas calles coquetas por transitar, rincones que esconden iglesias y cafés antiquísimos… Es así como se descubre el Procope o la destartalada librería canadiente The Abbey Bookshop. Solo así se llega a las Arenas de Lutecia, anfiteatro galo-romano del siglo I cuya conservación fue defendida por Victor Hugo ante el Consejo Municipal de la ciudad en 1883.

IMG_3792Saint Paul, Le Marais. Otro regalo. El paraíso de los hipsters, los nuevos modernos de la ciudad que compran su ropa al peso, cuidan su looks más desaliñados y disfrutan rebuscando entre el revoltijo de segunda mano de “a un euro” prendas sacadas de otras décadas. Barrio ideal para diseñarse un buen plan de tardeo de domingo explorando tiendas que no echan el cierre (el barrio judío no se para durante el descanso dominical), degustar la popular comida kosher o disfrutar de una pinta de cerveza en uno de los múltiples y concurridos bares y cafés durante la Happy Hour.

Los que se queden con ganas de más pueden indagar otras posibilidades entre los rastros y mercadillos de barrio y la periferia, como el Marché aux Puces de Saint Ouen. Lo que no encontréis aquí, no existe. Parques y jardines son otra alternativa para pausa y/o picnic: La Villette, Buttes Chaumont o el Jardin des Plantes escapan de los transitados jardines de Tuileries o Luxemburgo.

Y, sobre todo, y siempre, La Seine. Es el Sena el que da sentido a la ciudad: sus ritmos de vida, sus mundos paralelos y simultáneos de rive gauche y rive droite y el que dota de entidad y fisonomía de ciudad tan única con sus îles a París.IMG_3784

Así y todo, aún hay quien se pregunta y cuestiona por qué volver a París; ¿Y por qué no? Quizá les falten los motivos o las ganas. Aunque incomprensible, puede ser. No obstante, la experiencia me enseña que siempre hay motivos para seguir volviendo.

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