La casa de los libros españoles en París

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En 2012 la Biblioteca Octavio Paz del Instituto Cervantes de París cumplía 60 años. Hoy, como si la biblioteca quisiera cobrar vida, sus desgastados suelos de parqué crujen a cada paso que doy entre sus salas, viejos pasillos y elegantes escaleras. Las paredes de madera blanca crepitan, y las anticuadas estufas de metal chirrian. El último piso alberga una cocina en desuso, cuyo paso a través de unas estrechas escaleras de caracol, lleva largo tiempo bloqueado.

Sin embargo, no es decadencia lo que transmite su aspecto, sino calidez y cobijo. Esa sensación de acogida, casi maternal, se debe sin duda a su directora, Consuelo Álvarez Solís, que ostenta el cargo desde hace año y medio. Pausada y sonriente, me da la bienvenida de manera amigable a la Biblioteca Octavio Paz.

La biblioteca guarda alrededor de 60.000 documentos de los que disfrutan 3.400 asociados

Esta asturiana de Mieres confiesa entre bromas que una vez hecha al horario francés, cuesta pasarse al de casa, y entre risas se sonroja al recordar una ocasión en la que volvió a su tierra a pasar unos días y acabó proponiendo las ocho como hora de la cena para su propio asombro. “En España, incluso a las ocho de la tarde, la gente está en la calle, sale a tomar algo; mientras que aquí está todo el mundo ya prácticamente recogido”.

Tras cinco años en Italia, ahora le toca hacerse cargo del material literario del Instituto Cervantes en París. Y es que va con el cargo; cada tres o cinco años hay que cambiar de ciudad y aprovechar para descubrir otras culturas. Consuelo es una de esas bibliotecarias de vocación. “Aprobé mi oposición ya hace más de 30 años”, explica. Ahora, además de sus labores diarias, también es la responsable de prácticas de Iria, que disfruta de una beca como bibliotecaria gracias al Comité de las Regiones. “Es una estupenda oportunidad para que vea desde dentro cómo trabajamos en la Biblioteca, también para que vea cómo es el día a día laboral, la rutina y la realidad, que a veces es triste”, relata.

Producción editorial española

Iria Aparicio es una joven murciana de 24 años. Lleva entre las salas y los libros de la Octavio Paz tres meses, a falta de completar otros tres. Con su ayuda voy descubriendo la historia de la institución y sus salas. El proyecto de la Biblioteca Española de París tomaba forma en 1952 en este edificio noble y elitista de la Avenue Marceau. El primer acto mayor, de los muchos que posteriormente acogería, fue la exposición del libro español contemporáneo, organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de la época. Y lo hacía en presencia de figuras de relumbrón del mundo de las letras, como el poeta Paul Claudel, y de la alta sociedad, como el futuro Papa Juan XXIII. La selección de 3.600 documentos pretendía anonadar a los franceses mostrando el panorama de la producción editorial española.

A través de las décadas, la biblioteca continuó un proceso de incesante expansión: la colección se ampliaba, acogía conferencias, congresos, etc. El siguiente gran hito llegaría en 1992, momento en el que la biblioteca se integraba en la red del recién creado Instituto Cervantes. En 2005 cambiaba de nombre y se convertía en Biblioteca Octavio Paz, en reconocimiento y homenaje al escritor mexicano, premio Cervantes y Nobel, muy vinculado a París. Se da la feliz coincidencia de la celebración del centenario del nacimiento del poeta justo esta semana, el pasado lunes en concreto.

“Los discos de flamenco son los que más se llevan los franceses”, señala Iria

La colección se ha ido completando a través de adquisiciones y donaciones. Sobre todas donaciones. Para lamento de su directora los recursos de los que disponen son limitados. Las adquisiciones, por su parte, se hacen de rogar, lo que lleva a Consuelo a recordar tiempos mejores de la institución. Afortunadamente, “el entusiasmo no nos falta, siempre estamos proponiendo cosas”, confiesa. Además, a esta ciudad no le faltan amantes y apasionados de la literatura y la cultura. Los franceses ven casi como una obligación contribuir con sus propias colecciones privadas para ampliar la del Cervantes. Ramón Chao, Jorge Semprún o Ignacio Ramonet son algunos de los donantes destacados. “Ramón Chao además es un asiduo a la biblioteca y le vemos mucho por aquí”, precisa Iria. Embajadas como la de Ecuador también aportan su granito de arena. “Ahora mismo acabamos de recibir 12 cajas que tendremos que clasificar y seleccionar con libros de la embajada de Colombia”.

Libros en todas las lenguas del Estado español de todo tipo de temáticas, también algo en francés. Cómics, cuentos, revistas, prensa e incluso series, películas y música. En total, la biblioteca guarda alrededor de 60.000 documentos de los que disfrutan 3.400 asociados entre profesores, alumnos del Cervantes y gente de la embajada. “Los discos de flamenco son los que más se llevan los franceses, y de los DVD muchos señores mayores me piden ‘El Internado’, aunque he descubierto que es porque los actores hablan despacio y claro y viene con subtítulos en español”, reconoce Iria divertida.

La biblioteca por dentro. Foto: Biblioteca Octavio Paz.

Es ya la última hora de la tarde y la Octavio Paz está a punto de cerrar sus puertas. En la sala de lectura principal, presidida por un cuadro de Ignacio Zuloaga, apenas quedan un par de personas que continúan leyendo concentradas sus libros. En los estantes superiores hay libros antiguos polvorientos; enciclopedias de esas de cubierta espesa en piel que ya casi nadie lee. Junto con estas reliquias conviven otros productos de la modernidad: ordenadores, lectores de códigos de barras o un catálogo de libros electrónicos de los que la Biblioteca del Cervantes también dispone.

Presentación de Luis Antonio de Villena

Antes de despedirme de la Biblioteca del Instituto Cervantes, me aguarda una última sorpresa entre las lámparas de araña y los espejos de su sala de baile. El poeta Luis Antonio de Villena presenta la traducción al francés de su obra ‘Proyecto para excavar una villa romana en el páramo’ (2012). Lleno hasta la bandera, los asistentes escuchan atentos las reflexiones del propio autor sobre su obra y de otros tiempos de joven vividos por él en París. Lo hace en un perfecto francés, casi recitado, con apenas un leve acento español delator. Para poner el broche a su intervención, De Villena decide arrancarse a recitar uno de sus poemas de corte más impúdico. Sus versos, dardos certeros de retrato social, resuenan entre la audiencia, haciendo de un tema tan poco literario como la masturbación online parezca sonetos de Garcilaso.

Entre el grupo de españoles asiduos, otro de los novísimos, el escritor y catedrático de filología clásica de la Universidad de Valencia Jaime Siles; el corresponsal en París de RNE, Luis Miguel Úbeda, o el escritor Use Lahoz. Es sin duda esta pequeña comunidad de expatriados la que llena de vida y espíritu el Cervantes.

Finaliza el acto y tras los últimos debates en petit comité, los rezagados abandonan el edificio. El poeta se cala su sombrero de fieltro, un largo y tupido abrigo jaspeado, una colorida bufanda, y sale de la Biblioteca Octavio Paz. Tras él Consuelo cierra sus puertas.

MARTA PÉREZ ORTIZ  | 04/04/2014 Nonada

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